Sacha Febrero 17: Disfrutar desde el instinto

De vez en cuando, se necesita una noche en Sacha. Quien escribe a veces precisa hacer las paces consigo mismo, aniquilar a sus demonios y olvidarse de todo. ¡Qué mejor lugar que esta botillería para comer, beber y charlar! La verdad gastronómica y la diversión están casi siempre aseguradas. Para cualquier otra cosa, Mastercard.

Se requiere transparencia. Voy a Sacha como el que va a cenar al salón de la casa de un amigo, como si me tumbara en el sillón de un psicoanalista. Al menos, así me siento. Tomo lo que me dan, bebo las burbujas que el de la coleta quiere y pago lo que me dicen. Sacha reconforta, por eso se vuelve.

La cocina de Sacha embruja desde el producto y la sencillez. Es una metáfora de eternidad. Pareciera que ese pasillo de Juan Hurtado de Mendoza te condujera a una cápsula temporal en la que se puede retroceder a cualquier momento de los últimos 40 años.

Sacha es el alma de Sacha pero no lo es todo. También están Laureano y David en sala y Carmelo (eterno) y Lucho en la cocina. Pónganse en sus manos y déjense llevar.

El marisco que se trae de Galicia es excepcional. El preludio debe venir del Noroeste. Elaboraciones simples y naturales donde lo importante es el punto. Zamburiña negra a la plancha y berberecho ligeramente abierto con un golpe de calor. Se preservan las texturas y sabores originales debido al poco tiempo de cocinado. Máximo respeto al género.

 De vicio son los camarones pasados ligeramente por la sartén. Levemente crujientes con un puntito de sal y llenos de sabor.

La ostra en la capital es sinónimo de Sacha. Parte de nuestra amistad procede de este bivalvo. Primero se degusta una ostra frita en harina de maíz. Resulta distinguida después de una fritura limpia, alterando en pequeño grado la textura que se vuelve menos viscosa.

La ostra escabechada es una institución. Describe la cocina de esta casa a la perfección. Apariencia sencilla, ejecución perfecta y admiración tras la degustación. Bocado eterno. La elegancia.

El calibre también es importante. Almejas y navajas en una crema de ajos asados que es una reverencia casi de rodillas a la salsa verde. La doma del ajo a través del asado. Densidad, suavidad, fondo y calibre. ¡Viva Galicia y viva el ajo!

La anguila con crema de cebolleta, aceite de jalapeño y puerro es un compendio entre los toques dulces y picantes y una urdimbre perfecta de la anguila. Casi a modo de ensalada, de temperatura algo fría para esta época del año y matices que provocan un acentuado vaivén de sabores.

Es tiempo de cuchara y Sacha lo expresa a través del cardo con patatas y trufa. Combinación de texturas, agradable la de la patata y el guiso y aldente la de la verdura. De delicadeza extrema y fondo sabroso. De nuevo aires de perpetuidad. Sobresaliente.

Si los platos tuviesen derecho de autor, la tortilla vaga estaría asociada a Sacha. Muestra de nuevo de un concepto casi elemental y una perfecta ejecución. Diversión canalla y guiño a la infancia. ¿A cuántos cocineros habrá influido con algo tan campechano? Cambian los ingredientes pero se mantiene la idea. Piparras, morcilla, patata y huevo. ¡Keep it simple! Adorable.

Sin duda en esta taberna altamente ilustrada se guisa con buen producto, tiempo y paciencia. Como ejemplo, con las carrilleras de cordero. Sedosas, de fondo untuoso. Tremendas.

El final debe ser alborotador. Sin remilgos ni frenos. La degustación del tuétano no por repetitiva deja de ser placentera (como tantas otras cosas). Salsa bordelesa densa y adictiva, pan cristal, romero y el acompañamiento se deja para un excepcional solomillo. Prueben a humedecer el romero en la salsa y succionar. Éxtasis.

Los postres no son el punto fuerte de la casa, al menos en variedad. En esta fase culinaria, reinan ciertos sospechosos habituales como la tarta dispersa o el blanco y negro. Degustamos unas mandarinas caramelizadas que permiten el paso del ácido para refrescar tenuemente.

Seguidamente un clásico, probablemente el rey de la tradición dulce sachera, el tocinillo de cielo. Yemas, yemas y yemas que se pasean por el precipicio del empalago pero sin caerse a ese abismo. Se derrite ligeramente en la boca y desciende de forma más liviana que los de su especie. De nota.

Sacha se balancea entre lo canalla y un aroma de clasicismo que tanto él como Laureano también saben gestionar. Mantiene ese aire de comedor privado alejado de lo que ocurre en el exterior, como si fueran capaces de detener el tiempo.

Culinaria de naturalidad y campechanía extrema, de recetas aparentemente fáciles pero con karma de complejidad. Sencillez llena de finura y sutileza que asusta a veces. Sacha viste de camiseta porque la sutileza está reservada para la cocina.

¿Cuál son las claves? Que todos los platos tienen algo, una mezcla de alma, personalidad, sabiduría y buen hacer. Cocina que se disfruta desde el instinto, desde la primera cucharada de cada bocado. Sin necesidad de reflexión, se presenta el gozo y luego viene la diversión.En Sacha, siempre se busca la alegría

Sacha Febrero 17: Disfrutar desde el instinto. 

P.D.1: Dos cenas en un solo post.

Maridaje musical. Seven Nation Army de los White Stripes o como hacer con pocos elementos un hit. La compleja sencillez, ¿ a qué les suena?

 

Altrapo Febrero 17 : Siempre ha merecido mayor reconocimiento

Desde la salida de Paco Morales, no visitaba Altrapo. Nunca tuvo el beneplácito atronador del público madrileño, sin poder discernir en plenitud las principales razones. Probablemente el frío interiorismo, la cocina de alta personalidad de Morales y la poca disposición para ir a comer a un hotel fueran algunas de las razones. Personalmente siempre he disfrutado aquí.

Tras mi última visita, se puede decir que la identidad ha disminuido. La unicidad que traía consigo la asesoría del cordobés se ha ido difuminando. Actualmente, Rafael Cordón está en un proceso paulatino de cambio. Es cierto que todavía se degustan ciertas reminiscencias que aparecen en aquellos platos de mayor número de matices, donde la acidez equilibra la potencia del resto de ingredientes. Mientras que la línea de Cordón parece que camina más cercana a la tradición y apegada a sabores más reconocibles.

Del aireado de tortilla se ha pasado al de ensaladilla rusa. Relleno cremoso y ligero para un crujiente fino y etéreo. El concepto no cambia y sigue siendo un bocado bien resuelto y divertido.

Las croquetas de quinoa son un guiño al potencial público vegetariano. Bechamel bien ligada, buen punto de cremosidad, pero de sabor algo tenue.

De los pequeños bocados para comer con las manos, destaca el croissant meloso de ternera, pomelo y hierbas frescas. Se presenta relleno de un sabroso guiso de carne y consigue un acertado equilibrio a través del pomelo y de finos trozos de piparra que aúpan la acidez. Complejo de degustar, armónica mezcla y matices que elevan el punto de frescura del bocado.

La tortilla de setas de cardo guisadas, trompetas de la muerte y ajetes muestra esa cocina de corte más clásico que parece que quiere ampliarse. El guiso de setas y el punto de huevo trabajado por una sola cara son las claves de un plato que resulta goloso y notable.

En cambio, las endivias al carbón con migas crujientes, queso, virutas de ibérico y mahonesa de hierbas verdes resultan deslavazadas. Cada uno de los ingredientes por separado están bien elaborados, pero al conjunto le falta un hilo conductor que engrane los diferentes sabores.

Tras el valle, llegaría el mejor pase de la cena, guisantes, huevo, foie y fondo oscuro de ternera. El hígado se presenta helado y en pequeñas virutas. La verdura prácticamente cruda, consigue mantener su punto aldente, mientras que el resto congenia a través de la salsa del huevo y del sabroso fondo. ¡Olé!

De las almejas en parrilla con caldo dashi, aceite de cayena y cilantro no subscribo la calidad del producto. Variedad japónica que no aporta el sabor característico de la almeja ni esa textura ligeramente gelatinosa que el molusco debe tener.

En esta línea de vaivenes, se presenta la raya a la brasa con salmorejo picante, pan negro y rabanitos. Buen punto el del pescado y acertados acólitos que se nivelan entre sí. La fuerza del salmorejo enchilado se compensa y balancea con la frescura del rábano. Oportuno, acertado. Bocado disfrutón.

De las castañuelas estofadas con meloso de patatas, colas de cangrejo y láminas de bacalao se sacan dos conclusiones. La primera que el estofado y la patata se fusionan de forma síncrona transportándonos a esa cocina más clásica. La segunda que cangrejo y bacalao campan a sus anchas sin mucho aporte adicional. Gustoso.

El recorrido salado llega a su consumación con las mollejas asadas de ternera, setas de temporada, reducción de capón, tirabeques y cebolla encurtida. El lance más atrevido y mejor resuelto. La grasa de las glándulas se armoniza con la cebolla que va encurtida en lima aportando un punto de acidez que casa fantásticamente bien con el resto de ingredientes. El crujiente del tirabeque, la profundidad del fondo. No perdérselo.

El postre es un café irlandés compuesto por un bizcocho de azúcar moscovado, gelatina de whisky, arena de café y helado de nata de caserío. Agradable, amalgama de texturas y temperaturas que otorgan una visión diferente de un postre visto desde una perspectiva más suave en sabor que rotunda.

Despunta el resultado de los fondos, como el oscuro de ternera con los guisantes, el de las castañuelas o capón que afianzan los hilos conductores de los platos. Los guisos como el de setas de cardo son la base de un notable plato como es la tortilla. En eso se nota, la buena mano guisandera de Rafael Cordón. En cambio, otros pases como las endivias y las almejas probablemente necesiten un paseo por el túnel del repaso.

En síntesis, en Altrapo se sigue comiendo de forma notable, aunque con un menor nivel de personalidad. Mayor sencillez frente a la complejidad siempre bien resuelta de Morales.

De todas formas, el nivel de los platos merece un mayor reconocimiento que el que tiene este espacio gastronómico. Probablemente haya que buscar una atmósfera más cálida y una mayor cercanía entre los actores de la representación culinaria. Si se dejan caer por el restaurante del Hotel de las Letras, la tortilla de setas, los guisantes con huevo y foie, la raya y las mollejas pueden armar un menú sabroso, agradable y con matices.

Altrapo Febrero 17: Siempre ha merecido mayor reconocimiento

P.D : Estén atentos porque habrá variaciones en Altrapo durante 2017

Álbora Enero 2017 : En el Top 10 capitalino.

Álbora es uno de esos restaurantes que desde su apertura me han atraído. Reuniones de grandes grupos de amigos, comidas de negocios, de pareja, siempre han encontrado en Álbora un lugar ideal para su celebración. Las claves: un producto de alto nivel, una cocina de verdad con mucho apego a la temporada y un servicio atento y de alta profesionalidad con la impronta de Jorge Dávila y Jose María Marrón. Sin duda, para el que escribe, estamos ante uno de los diez mejores restaurantes de la capital.

En la cocina, desde junio 2015 y después de la marcha de David García, ejerce el riojano Raúl Prior. Un cocinero “outsider”, fuera del ruido mediático, del que considero se comenta menos de lo que debería. Echaurren, Mugaritz, Guggenheim Bilbao y Las Rejas son los lugares de mayor renombre en su diverso bagaje.

Foto cedida por el restaurante Álbora

En la cocina se transita por caminos conocidos. Fondos y caldos, guisos, elevada culinaria de paciencia y cazuela. Los aderezos tienen una limitada representatividad, incorporando matices que siempre dejan el camino libre a los protagonistas principales de los platos.

Los aperitivos pasan desapercibidos, sin mostrar la gastronomía del lugar. Entre ellos, la torta inflada de maíz, un macarón de manzana verde y morcilla con exceso frutal y un bombón de caza que era la única pieza que se salvaba. Necesitan revisión.

El menú propiamente comienza con “un paseo por la dehesa”. Estética marcada y ligera licencia para la representación paisajística. Forma de bellota para depositar un excelso foie que se acompaña con crujientes de manzana verde. Enfoque en el continente, con un contenido que sin desmerecer no acaba de brillar.

Una de las razones por las cuales Álbora permanece en mi memoria gastronómica es el fondo de chipirón. Siempre está presente en algunos de los platos y acaba llevándose el “oscar al mejor secundario”. En este caso acompaña a un atemperado y casi crujiente quisquillón. Luego se asocia el nabo tanto crudo como impregnado en un fondo de galeras que provoca el retrogusto marino. Pase marinero, elegante y de elevada ejecución. Neptuno hincaría la rodilla.

Foto cedida por el Restaurante Álbora

En la misma línea, uno de esos mares y montaña que siempre han caracterizado al local de Joselito y La Catedral. Espardeñas, jugo de alubias rojas y manitas de lechazo. La esencia de la legumbre es una auténtica delicia que casa de forma inmediata con una manitas de lechazo tersas y brillantes. La espardeña armoniza, aligerando el plato, dándole un toque de yodo y cambiando la textura del conjunto. Sobresaliente.

De la lubina con mojo verde de aguacate y papa canaria, se pueden destacar dos aspectos de forma muy directa. Por una parte, la calidad del producto y el impecable punto (véase como en la foto se marcan las carnes del pez) y por otro la delicadeza del mojo que acompaña respetando al protagonista de la escena. Sencillez y perfecta ejecución.

Del gamo asado con remolacha, aceituna negra y acelga roja salteada es necesario alabar la profundidad en sabor de su carne roja. Cada incursión se prolonga en boca durante cierto tiempo. La comitiva es acertada, sobre todo en ese punto crujiente y amargo de la aceituna negra que provoca un breve descanso del paladar. Se echa a faltar un jugo de la pieza de cada que actúe como hilo conductor y aumente la jugosidad del plato.

La elegancia de Raúl Prior se representa en pases como los galianos de perdiz, liebre y conejo. Impronta de su etapa “pedroñera”. La textura es casi uniforme, la caza menor prácticamente se confunde con la torta. Cocina de nivel para conseguir unanimidad en las urdimbres de las diferentes piezas de carne. Seda y delicadeza, manteniendo todo el sabor. Si el Quijote levantara la cabeza, se apostaba en este comedor una buena temporada.

El lomo de liebre con mole de sus interiores, cacao y café es un ejercicio de armonía. Los tostados y amargos de café y cacao se alían con ese mole intrínseco para provocar que el sabor de la carne se explaye y potencie. Composiciones con sentido que alcanzan el equilibrio desde la lógica. Redondo.

Foto cedida por el Restaurante Álbora

La crema de cítricos, helado de jengibre y polvo helado de romero es ese perfil de prepostre que encaja en estos planteamientos de menú. La frescura del jengibre, la acidez de los cítricos y ese toque herbáceo del romero conforman un pase etéreo, lozano, reconfortante y armónico. En el momento justo y en el lugar adecuado. Verdadero nivel.

El helado de coco, granizado de ron y boniato sigue derroteros similares. Temperaturas bajas que refrescan, sabores que se integran, conjunto de texturas que en boca resultan agradables y tersas y un nivel de dulzor retraído. Rico, estético.Muy disfrutón.

Una pareja de postres de altura concebidos para conducir al comensal a un estado de relajación. Se produce una sensación de barrido y pulcritud que cierra el ciclo después de transitar por etapas de sabor y ligera contundencia.

La cocina de Raúl Prior se reconoce preservando la identidad y las sensaciones palatales de los ingredientes principales. Matices presentes que susurran más que gritan, que no buscan tanto el contraste sino el acompañamiento, el paseo sin prisa de la mano.

El quisquillón y su jugo de calamar, el lechazo y las espardeñas con jugo de alubias resultan parejas y tríos que se embelesan armónicamente para transmitir placer. Los galianos son ese guiño para divulgar que la cocina tradicional puede ser convertida en refinada y sutil con mano y conocimiento. Despuntan los postres y suspenden los aperitivos, lo cual no empaña una cena que provocará repetición.

Como siempre, el servicio de Jose María Marrón y su equipo resulta de alto nivel. Cercano, pero con la distancia justa al grupo de comensales y siempre atento a las incidencias y gustos de la mesa. ¡Qué buenos grupos de profesionales conforma Jorge Dávila! Uno de los mejores directores de restaurantes de este país.

Álbora sigue plantado en la parte alta de la pirámide restaurantera madrileña. Restaurante de largo recorrido. El cuidado de los detalles es alto. La cocina transmite franqueza a través no solamente del producto, sino también del oficio, la dedicación, la pulcritud y el sabor de los fondos y los puntos de pescados y carnes. El producto es condición necesaria pero no suficiente.

Álbora Enero 2017: En el Top 10 capitalino