“Mamá, gracias”


En la década de los 80, las probabilidades de que siendo niño en una capital pequeña de provincias (Santander) comieras en el colegio eran escasas. Se comía en casa y lo más seguro era que la mama de cada uno fuera quien había realizado la comida.

Madres que cada día se levantaban, te preparaban el desayuno y mientras estábamos en el colegio las daba tiempo para hacer la casa, ir al mercado a comprar el producto perecedero, visitar el supermercado, hacer la comida y tener lista la mesa. Verdaderas heroínas que nunca contabilizaron las horas de trabajo y eran felices solo con el agradecimiento y el cariño de sus hijos.

Mi afición gastronómica no viene de lejos. Con mis padres nunca visité los denominados grandes restaurantes. El tesoro estaba en el hogar, en la culinaria de mi madre. Mi padre decía: “Isaac, como en casa en ningún sitio”. Y yo pensaba: “Claro, luego te duermes una siesta impactante, ¡Cómo no vas a querer comer en casa!”.

Los argumentos de mi padre eran su comodidad, el ahorro y el sabor. Me costó tiempo entenderlo. Aunque la siesta fuera muy importante, mi padre tenía razón. La cocina en mi casa era sustancial. Mi madre hacía muy bien lo que sabía hacer en unos tiempos donde el mayor avance tecnológico en la cocina era la olla a presión.

Ella se fue hace seis años, víctima de un cáncer. Mucho de mis recuerdos están vinculados a sus platos, a ciertos sabores que son irrepetibles y no sabes los porqués. La elegancia sabrosa de su cocido montañés, la generosidad de su sopa de pescado, la adecuada sencillez de sus macarrones con chorizo, el punto de sus pescados al horno, la suculencia de su tortilla guisada, la esponjosidad de su merluza rebozada, el cocido de garbanzos, las sutiles alubias blancas, el gusto de la cabeza de cordero al horno, el clasicismo de sus flores fritas, la finura y atrevimiento de su tortilla de plátano y los desayunos de tenedor a la carta. ¡Cómo olvidar tanto amor a través de sus platos!

El cocido era una secuencia que duraba dos o tres días. Las sobras se aprovechaban con un esmero que se ha perdido. Al cocido le seguían sus croquetas y unos garbanzos fritos que eran mi perdición personal. Como aquellas croquetas ni yo ni mis hermanos hemos probado nada que se le parezca. Es un tópico, pero cada uno tiene los suyos.

Los días grandes eran de bacalao al pil-pil, los domingos de marisco (almejas, rabas de peludin, mejillones, caracolillos, nécoras,…) y carne con patatas fritas, las Navidades de kilos de inconmensurables caracoles, riñones al jerez y pollos y conejos de campo guisados. Momentos insustituibles que no se volverán a producir y que yo regenero a través únicamente de la memoria gustativa.

Esta mañana a las 08:00 casi de forma involuntaria iba a colgar una foto tuya en Instagram. No sé verdaderamente por qué no lo hice. Dos horas más tarde comencé con estas líneas que me han provocado un recuerdo mucho más sabroso. Y yo quiero que parte de mi vida sean recuerdos sabrosos.

¡Mamá gracias por tanto y por haberme aficionado a la gastronomía!

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1 Comment

  1. ANA AGÜERO FUENTES
    6 mayo, 2018
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    Seguro que si las croquetas hubieran concursado, hubieran sido las MEJORES DEL MUNDO, como lo son para nosotros!! Isaac, eres muy grande, como emocionas!!! Una gran manera de celebrar el dia de la madre. Te quiero.

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